América Latina tiene todo — ¿entonces por qué sigue siendo pobre?
Hay una conversación que George Castro lleva décadas teniendo con amigos, en reuniones, en mesas familiares, tomando una cerveza: ¿por qué América Latina no logra hacerse rica? La pregunta parece sencilla. La respuesta resulta incómoda.
La región tiene petróleo, gas, cobre, litio, oro. Tierra superfértil, agua, agricultura. Puertos sobre dos océanos. Más de 600 millones de personas y una ubicación privilegiada entre Estados Unidos, Europa y Asia. Y sin embargo, el Banco Mundial proyecta un crecimiento de apenas 2.2% para 2026, el Fondo Monetario Internacional advierte que la región arrastra los mismos problemas desde hace décadas: baja productividad, mucha deuda, poca inversión.
Países con menos recursos naturales que América Latina construyeron economías mucho más prósperas. Mientras tanto, la región sigue exportando materias primas, creando burocracia, castigando al que produce, tolerando e incentivando la informalidad, y preguntándose por qué no crece.
La respuesta de Castro: el problema no es geográfico ni cultural. Es consecuencia de decisiones, instituciones y estructura productiva. Y eso, dice, elimina la excusa favorita de la región: "Es que así somos los latinos." No tenemos que ser así.
Productividad e informalidad: el freno silencioso que nadie quiere nombrar
Para Castro, la clave no está en cuántos recursos tiene América Latina sino en cuánto es capaz de producir con ellos. Ahí aparece la palabra que lo explica todo: productividad. ¿Cuánto valor produce una persona, una empresa o una economía con los recursos que tiene?
El ejemplo que usa es directo. Dos trabajadores. Los dos trabajan las mismas 8 horas.
- Carretera buena, llega a tiempo
- Internet rápido y electricidad confiable
- Maquinaria moderna y capacitación
- Acceso a crédito
- Puerto eficiente para sacar su producto
- Carretera mala, pierde horas en tráfico
- Transporte caro, maquinaria vieja
- Sin capacitación adecuada
- Sin acceso a crédito
- Logística deficiente, costos altos
Los dos trabajan igual. Pero no producen lo mismo. CEPAL señala que la productividad regional se ha estancado e incluso deteriorado durante buena parte de los últimos 10 años. Y crecer al 2% no alcanza para cerrar la brecha con los países desarrollados.
Y aquí aparece el segundo gran problema: la informalidad. Casi la mitad de los trabajadores de América Latina trabaja en actividades informales. No es un problema marginal, es uno de cada dos trabajadores. CEPAL advierte que la informalidad ya no puede entenderse únicamente como un problema laboral: funciona como una barrera estructural para elevar productividad, inversión y empleo de buena calidad.
Castro rechaza la visión de que el informal simplemente "decidió violar la ley." Muchas veces la informalidad es una respuesta económica racional. Una persona hace cuentas: mira cuánto cuesta contratar, cuántos impuestos, trámites, contribuciones, regulaciones, contadores, permisos. Y concluye: "Si hago todo como me piden, el negocio no me da." Por eso la formalidad no se decreta: hay que hacerla atractiva. Formalizar una empresa debería significar acceso a crédito, seguridad jurídica y protección institucional —no simplemente una lista nueva de impuestos y obligaciones que hacen inviable el negocio.
El resultado de no resolver esto: negocios que nunca crecen, empresas que no acceden fácilmente a crédito, trabajadores sin capacitación, menor recaudo y una economía que sobrevive pero nunca escala.
¿Por qué es tan difícil hacer crecer una empresa en América Latina?
América Latina tiene una paradoja curiosa. Le encanta hablar de emprendimiento. Celebra al que comienza. Le hace congresos, ferias, programas, discursos. Pero cuando ese empresario quiere crecer —contratar 50 personas, pedir un crédito, abrir otra planta, empezar a exportar— empieza el verdadero viacrucis.
El BID acaba de identificar varios de estos problemas de manera explícita: fragmentación de mercados, distorsiones regulatorias y competencia débil siguen limitando el crecimiento empresarial y la productividad en América Latina. Y agrega: deuda pública elevada y condiciones financieras restrictivas son dos grandes obstáculos para acelerar el crecimiento regional.
La lógica del inversionista es clara. Si va a construir una planta que recuperará su inversión en 15 años, necesita saber que su propiedad estará protegida, que un contrato se cumplirá, que las reglas tributarias no cambiarán repentinamente, que podrá importar maquinaria y exportar su producto. El inversionista entiende el riesgo: lo que no soporta es la arbitrariedad. Porque el riesgo se puede calcular. La arbitrariedad, no.
El Banco Mundial lo confirma: los países latinoamericanos que están sosteniendo políticas más consistentes están consiguiendo más crecimiento, más inversión y mayor confianza de mercado. No es magia: es consecuencia de reglas previsibles.
Competencia vs. privilegios: el verdadero debate económico
La discusión económica en América Latina suele plantearse como una batalla entre mercado y Estado. Castro rechaza esa simplificación. El debate real, dice, es entre competencia y privilegios.
Un mercado sin competencia no es un mercado libre. Si tres empresas controlan todo, si existen privilegios, si el amigo del gobierno recibe protección, si una regulación impide que entren nuevos competidores, eso tampoco es capitalismo competitivo. Es otra cosa.
El BID calcula que la concentración empresarial en América Latina es muy superior a la observada en economías avanzadas. Estima que reformas que aumenten la competencia podrían elevar sustancialmente el ingreso per cápita regional. Cuando hay competencia, pasa algo maravilloso: obliga a mejorar. Si aparece alguien que produce mejor, usted tiene dos opciones —mejora o pierde clientes. Eso genera productividad.
Europa entendió esto hace décadas: si integras mercados, una empresa ya no produce para 5 o 10 millones de consumidores, puede producir para cientos de millones. Eso cambia completamente la escala. Una empresa colombiana que puede vender fácilmente en Colombia, Perú, Ecuador, Chile, Brasil y México puede invertir más, comprar mejores máquinas y bajar costos por unidad. Eso se llama productividad.
El papel del Estado, según Castro, es preciso y limitado: seguridad, justicia, educación, infraestructura, regulación y competencia. No convertirse en empresario de absolutamente todo. "Quiero un Estado que construya las condiciones para que millones de personas puedan hacer empresa." Ningún ministerio puede inventar desde Bogotá los millones de decisiones que toma todos los días una economía: qué producto fabricar, qué tecnología comprar, qué precio cobrar, a quién contratar, dónde invertir. Para eso existe el mercado.
Educación, seguridad y la diferencia entre administrar pobreza y construir prosperidad
Pueden existir capital, empresas e inversión, recursos naturales y un marco regulatorio razonablemente coherente — y aun así fracasar. Porque todavía faltan dos piezas que América Latina no ha resuelto: educación y seguridad.
Sobre educación, Castro es directo: no podemos aspirar a salarios del primer mundo con una productividad del tercer mundo. Y no aumentamos productividad simplemente decretando salarios más altos. La aumentamos cuando un trabajador sabe más, utiliza mejor tecnología, tiene mejores herramientas y puede producir más valor en la misma hora. Eso requiere educación — no únicamente diplomas. "Necesitamos técnicos, ingenieros, soldadores, mecánicos, operadores, especialistas. Personas que sepan hacer las cosas que las empresas necesitan. Porque un título colgado en una pared no aumenta productividad por sí mismo."
Sobre seguridad, la posición es igual de clara. No hay inversión donde una carretera está controlada por una estructura criminal armada. No hay turismo donde la gente tiene miedo. No hay empresa pequeña que pueda crecer si primero tiene que negociar con el delincuente del barrio. Por eso seguridad y economía no son dos discusiones separadas: la seguridad también es política económica.
Y cada peso que se roba en corrupción no es solo un problema ético: es un peso que no termina convertido en carretera, puerto, escuela u hospital. Es productividad destruida.
- Nos quejamos de que no llegan empresas, pero cambiamos las reglas.
- Nos quejamos de que no hay empleo formal, pero hacemos costosísimo contratar.
- Nos quejamos de que las empresas son pequeñas, pero llenamos de obstáculos al que intenta crecer.
- Nos quejamos de la falta de infraestructura, pero desperdiciamos bonanzas.
- Nos quejamos de salarios bajos, pero producimos poco por hora trabajada — y después buscamos un culpable externo.
Castro llega a la conclusión central del episodio — y de toda la serie. La diferencia no es entre izquierda y derecha. Es entre dos visiones del futuro.
América Latina tiene todo para lograrlo: los recursos, la gente, el talento, la ubicación, la energía, la agricultura, los minerales. Pero nada de eso garantiza riqueza si las instituciones no saben qué hacer con ello. La prosperidad no se decreta. Se construye durante años con disciplina, ahorro, inversión, instituciones, seguridad, reglas estables y —sobre todo— respetando al que produce.
George Castro es analista político colombiano-americano, empresario y una de las figuras más influyentes de la comunidad colombiana en Estados Unidos. Durante décadas ha desempeñado un papel destacado en la vida cívica, empresarial y comunitaria, reuniendo a líderes políticos, diplomáticos, institucionales y comunitarios de Colombia y Estados Unidos y participando activamente en asuntos de interés para los colombianos dentro y fuera del país.
Como creador de @CastrosCommonSense, Castro aporta esa experiencia a un espacio de análisis directo e independiente sobre la política, la economía y los grandes temas que afectan a Colombia. Su enfoque busca ir más allá de las consignas y de las lealtades partidistas para ofrecer contexto, criterio y sentido común a colombianos dondequiera que vivan.