¿Por qué volvió el barril a $100? Guerra, Ormuz e incertidumbre
En 2026, el barril de petróleo Brent llegó a cotizarse entre $108 y $110 dólares, impulsado por una combinación de tensiones geopolíticas que los mercados internacionales incorporaron inmediatamente como precio. Para Colombia —país exportador neto— eso tiene consecuencias directas y urgentes.
El mecanismo es simple: cuando el Estrecho de Ormuz está bajo amenaza, los mercados no esperan a que se cierre físicamente. La incertidumbre ya es suficiente para mover los precios. Y esa prima de riesgo viaja instantáneamente hasta el precio que Colombia recibe por cada barril que exporta.
Esa frase resume uno de los argumentos centrales de Castro: Colombia no puede darse el lujo de avergonzarse de ser un país petrolero. Mientras exista demanda global de petróleo —y seguirá existiendo durante décadas— alguien lo producirá. La pregunta es si ese dinero queda en Colombia o en otro país.
Quién gana: Ecopetrol, las regiones y el peso
Un barril a $100 no distribuye sus beneficios de manera uniforme. Hay actores que ganan de forma directa e inmediata, y Castro los identifica con precisión.
El Banco de la República confirmó en 2026 que el mayor precio del petróleo era uno de los factores que contribuían a la apreciación del peso colombiano frente al dólar. Y la Autoridad Nacional de Hidrocarburos (ANH) lanzó una estrategia para reactivar la exploración y aumentar la producción nacional, recuperando terreno perdido durante la administración anterior.
Quién pierde: el consumidor, la inflación y el que debe
Que el petróleo suba no es una buena noticia para todos los colombianos. Castro es explícito: hay ganadores claros, pero también perdedores reales que a menudo quedan invisibles en el análisis oficial.
El Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC) es el mecanismo que actúa como amortiguador entre el precio internacional del petróleo y el precio doméstico de la gasolina y el ACPM. Cuando el Brent sube, el FEPC absorbe parte de la diferencia para evitar trasladarla bruscamente al consumidor. En el primer semestre de 2026, el FEPC acumuló un saldo de alrededor de 8 billones de pesos, con proyecciones de llegar entre 8 y 12 billones al cierre del año. Ese saldo no es gratuito: lo financia, en última instancia, el Estado colombiano —es decir, todos los contribuyentes.
Esa frase resume décadas de historia económica colombiana. Cuando llega una bonanza, el Estado tiende a ampliar su estructura de gasto —más burocracia, más subsidios, más compromisos permanentes— que luego no puede reducir cuando los precios bajan. El resultado: más deuda y menos margen para la siguiente crisis.
No fue una política energética: fue una rumba
Colombia ha tenido bonanzas de café, de carbón y de petróleo. Ninguna se tradujo en la infraestructura que el país debería tener hoy. ¿Por qué? Castro no busca culpables en la geografía ni en los recursos: los busca en las decisiones.
- Llega la bonanza → el gasto público sube
- Se crean programas y subsidios permanentes
- La deuda crece más que los ingresos
- Cuando bajan los precios, se queda sin margen
- Las carreteras, puertos y hospitales siguen igual
- Llega la bonanza → se reduce la deuda
- Se ahorra una parte de los ingresos extraordinarios
- Se invierte en infraestructura productiva durable
- Se activa la exploración para garantizar el futuro
- Se crean condiciones para inversión privada
El anterior gobierno colombiano (Petro) adoptó una política explícitamente contraria a la exploración y producción de petróleo, argumentando razones ambientales. Castro rechaza ese encuadre como una falsa disyuntiva: "Si Colombia decide no producir un barril, ese barril no desaparece... probablemente lo produzca Arabia Saudita o Estados Unidos o Brasil. Lo único que cambia es quién recibe el dinero."
La distinción es central: una política energética piensa en décadas, en infraestructura, en diversificación, en transición ordenada. Una rumba gasta el dinero cuando llega y deja la resaca cuando se acaba. Colombia, según Castro, ha vivido demasiadas rumbas y muy pocas políticas serias.
La buena noticia: la ANH lanzó en 2026 una estrategia para reactivar la exploración de petróleo y gas, recuperando una capacidad que se había desmantelado bajo el gobierno anterior. Y el presidente Abelardo de la Espriella adoptó una postura pública anticorrupción en el manejo de las regalías regionales —uno de los puntos más sensibles de la administración de las bonanzas petroleras en Colombia.
Cinco prioridades para no desperdiciar esta bonanza
Castro no solo diagnostica. Propone cinco prioridades concretas para que esta bonanza tenga un impacto real y duradero en Colombia —no solo en el balance de Ecopetrol, sino en la vida cotidiana de los colombianos de las próximas generaciones.
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Reducir la deuda públicaAntes de repartir o gastar, Colombia debería usar los ingresos extraordinarios para reducir su nivel de endeudamiento. Menos deuda = menos intereses = más margen para la próxima crisis.
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Ahorrar una parteLos fondos soberanos de ahorro existen precisamente para guardar parte de los ingresos extraordinarios de bonanzas. Colombia ha tenido mecanismos similares, pero los ha usado poco o tarde.
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Invertir en infraestructura productivaCarreteras, puertos, logística, conectividad: la infraestructura que aumenta la productividad de toda la economía y reduce costos para todos los sectores. No obras para fotos, sino obras que paguen dividendos durante décadas.
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Incentivar nueva exploración y producciónEl petróleo de hoy financia el Estado de hoy. Pero Colombia necesita garantizar que habrá petróleo mañana. Eso requiere exploración activa ahora —no abandonar los campos ni asustar a los inversionistas.
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Crear condiciones para la inversión privadaSeguridad jurídica, reglas claras, contratos que se respetan. Castro es explícito: "Cuando aparece una bonanza, el estatismo ve: hay plata para gastar más. Yo veo: hay más capital para invertir."
La conclusión de Castro es tanto diagnóstico como desafío: Colombia tiene todo lo necesario para que esta bonanza sea diferente a las anteriores. Los recursos están. La inteligencia está. Lo que hace falta es que las instituciones —y los ciudadanos que las eligen— decidan esta vez hacer las cosas bien.
George Castro es analista político colombiano-americano, empresario y una de las figuras más influyentes de la comunidad colombiana en Estados Unidos. Durante décadas ha desempeñado un papel destacado en la vida cívica, empresarial y comunitaria, reuniendo a líderes políticos, diplomáticos, institucionales y comunitarios de Colombia y Estados Unidos y participando activamente en asuntos de interés para los colombianos dentro y fuera del país.
Como creador de @CastrosCommonSense, Castro aporta esa experiencia a un espacio de análisis directo e independiente sobre la política, la economía y los grandes temas que afectan a Colombia. Su enfoque busca ir más allá de las consignas y de las lealtades partidistas para ofrecer contexto, criterio y sentido común a colombianos dondequiera que vivan.